Pere Calders

Pere Calders

EL PRINCIPIO DE LA SABIDURÍA



El año de la guerra central me hice rico. Especulando con cosas tan inocuas como el corcho y el cartón, sin desperdiciar un céntimo y poniendo en ello los cinco sentidos, acabé por encontrarme dueño de medio millón de la moneda más cotizada.


Eso carecería de interés, y no haría falta mencionarlo, de no ser por la relación que mantiene con mi casa blanca de la costa. La casa sí que era notable, y lo era, fundamentalmente, por las cosas que ocurrieron en ella.


Era una casa construida junto al mar, con muchas ventanas amplias y muchos cristales: yo mismo acompañé la mano del arquitecto al trazar los planos y le dije que no escatimara los azulejos de Valencia, ni los juegos de agua, ni cualquier otra cosa que pudiese atraer la luz del sol. Le dije que la quería muy blanca y muy limpia, porque el instinto me aconsejaba que convenía vivir en una casa donde no pudiera ocurrir nada extraordinario.


No quiero precipitarme, explicaré las cosas ordenadamente, y que cada cual las entienda como prefiera. Ahora me parece oportuno hablar de mi jardín de la costa: lo idearon con mi ayuda tres famosos jardineros y un artista con fama de ser de los mejores de aquella época. El jardín se extendía detrás de la casa y no era muy grande; pero estaba cargado de poesía. Hice plantar en él todas las plantas que complacieran a la vez al clima y a mí, así como hierbas preciosas de países exóticos, que acreditaban la pujanza de mi riqueza. Lo hice rodear de una tapia fantasiosa, destinada a protegerme de las miradas de los curiosos más que de su rapacidad, y eso es lo que me perjudicó. Porque alguien, en determinado momento, consiguió entrar y dejar en él algo que me arrebató la tranquilidad. Ya lo contaré cuando venga a cuento.


Los tres jardineros se encargaron del jardín, y seis criados cuidaban de la casa y cobraban sueldos elevados para que yo no tuviera que ocuparme de nada. Mi carácter se reblandeció, y fíjense si es bueno ser rico, que poco a poco iba adquiriendo buenos sentimientos, sin llegar al extremo de que la conciencia me estorbara.


Los vecinos cultivaban mi amistad, y me visitaban y en enviaban regalos, a los que yo correspondía, ya que las rentas me permitían ser tan pródigo como se me antojara. La que tenía más deseos de ganarse mi amistad era una señora que, pobre mujer, tenía la manía de leer y de escribir: creo que no podré hablar con simpatía de ella, ni tengo ganas de hacerlo, porque fue quien me descubrió las cosas que hace la luna. ¿Puedo afirmar que esto la hizo responsable de lo que sucedió después? No. Sería como acusar al médico de la muerte del paciente, porque ha previsto el final lógico de una enfermedad. Pero le guardo rencor, porque, al recordar la conversación del atardecer en que me explicó la extraña fuerza de los astros, en mis oídos sigue resonando el eco de una cierta reticencia.


Ocurrió así: habíamos tenido un día de bochorno y casi me atrevería a asegurar que en la comarca se celebraba una fiesta mayor o algún santo de prestigio. No podría decirlo exactamente: me daba tan buena vida, que todos mis días eran una gran fiesta y las del calendario me pasaban desapercibidas. El caso es que, llegado el anochecer, mi señora vecina se vio obligada a visitarme y me trajo un cestito de fresas que, ahora ya puedo decirlo, no me hacían la menor falta.


Yo había terminado de cenar y estaba sentado en una silla de cuero ruso, en una galería cubierta, encarada al mar. La luna me iluminaba y, entre sus rayos y el humo de mi cigarro, me hallaba sumergido en un mundo de imágenes fantásticas que aún me hacía más feliz. Me sentía muy importante en mi soledad y no tenía ganas de que nadie la acompañara; no me hubiera importado lo más mínimo que la tierra nos tuviera por únicos habitantes a mis sirvientes y a mí, su amo y señor.


En tales circunstancias cualquiera comprenderá mi enojo cuando un criado me anunció que mi señora vecina había llegado, dispuesta a hacerme una visita. Y facilitaría aún más la comprensión si añado que descubrí inmediatamente que llegaba taciturna, con esta especie de melancolía histérica de las mujeres, y con el aire de quererme hacer compartir unas preocupaciones, cuyo carácter ni ella misma conocía.


Soy incapaz de reproducir fielmente la entrevista, y tampoco serviría de nada; sé que me entregó un obsequio desmañadamente y que nos pusimos a hablar de cosas que ni nos interesaban ni tenían pies ni cabeza.


Lo que recuerdo perfectamente es que la señora se levantó de repente con una vivacidad sorprendente, y, mirando la luna, me dijo:


—Es bonita, ¿verdad?


—¡Muchísimo! —contesté—. Parece un cuadro


Ella me miró con una mirada extraviada y añadió:


—Y, pese a todo, me daría miedo vivir en una casa tan abierta a la luna y próxima al mar…


Eso me irritó. De modo que la pobre señora se permitía el lujo de no tenerme envidia, ella que vivía en una casa alquilada en la que no entraban la luna ni el sol ni la brisa.


Repliqué:


—Pues yo vivo en ella muy a gusto y no temo a nada ni a nadie.


Hizo con la lengua un chasquido conmiserativo.


—Usted ignora la influencia de la luna. Usted no sabe que manda sobre el mar y dispone las mareas. No sabe que las personas estamos sujetas a su atracción y que puede obligarnos a hacer cosas terribles…


—Mire, señora: yo no soy supersticioso. Por consiguiente, me río de la luna y de los planetas que la rodean.


—¡Infeliz! Eso no es superstición. Los locos perciben los cambios de la luna, y también, en cierto modo, todas las personas sensibles. Hay criminales a quienes el plenilunio exacerba la maldad, y personas como usted y como yo que en una noche como la de hoy se sienten empujados por una fuerza poderosa y harían… ¡qué sé yo! En estos momentos no me costaría nada estrangularle.


Aquel anochecer había luna llena. La vecina tenía en los ojos una llamita de locura que me inquietó, y, sin poderlo evitar, pulsé el timbre que utilizaba para llamar a mis seis criados. Acudieron inmediatamente, y yo, olvidando las normas de la cortesía y sin tener motivos reales para hacerlo, les ordené que acompañaran a la señora a la calle.


Ya había oído decir estas cosas, como todo el mundo, y creo que me fui a la cama con el ánimo tranquilo. Pero pasé una mala noche. Soñé que uno de mis criados, un inglés que por cierto se llamaba Galsworthy, me perseguía impulsado por una dama con túnica amarilla, que representaba la luna llena. Corríamos por un camino de acero, siempre idéntico y sin árboles ni nada donde pudiera protegerme. Yo iba perdiendo distancia. A eso de la madrugada, Galsworthy me dio alcance y me descuartizó.


Me despertaron unas llamadas inhabituales en la puerta: era muy pronto, una de esas horas en las que se dice que se levantan los obreros, y eso me sorprendió, porque había ordenado que todo el mundo velara por mi sueño con la mayor solicitud. Quien llamaba era el jardinero jefe, que no venía solo, porque oí que todo el personal de la casa bullía por los pasillos, dando la impresión de que estaba ocurriendo algo muy gordo.


El jardinero entró en mi habitación y al principio, de tan pálido, no le reconocí. El pánico le obligaba a hacer lo que nos obliga a hacer cuando nos domina, y restregaba la gorra con los dedos y se secaba el sudor con las mangas de la camisa.


—¡Es horrible, señor! —dijo—. Lo que me ha ocurrido hoy no me había ocurrido nunca…


Yo seguía adormilado y me costó un cierto esfuerzo recuperar mi talante habitual.


—Veamos, veamos. ¿Qué ocurre?


—Cavando en el jardín he encontrado una mano.


A esas horas de la mañana, era algo difícil de entender. Pregunté:


—¿Una mano? ¿Una mano de qué?


—¡Una mano izquierda!


Lo dijo en un tono que daba a entender que el caso era realmente grave. Cualquier cosa que hubieran encontrado en mi jardín, a excepción de una mano, me hubiera dejado fuerzas para hallar las palabras adecuadas y disponer lo más conveniente. Pero una mano humana…


—¿Dónde está? ¡Tráiganmela!


La trajeron cogida con unas pinzas de cocina y les ordené que la dejaran sobre una mesa. Salté de la cama de un brinco.


Era una mano fresca, recién cortada, y sin la menor duda pertenecía a un hombre. Uno de sus dedos estaba adornado con un valioso anillo de oro.


—¿Dónde la ha encontrado?


—Debajo de los claveles de Indias, envuelta en un trozo de periódico.


«Lo de menos es la mano —pensé—. Lo que me preocupa es el resto.»


—¿Y no ha encontrado nada más? ¿Ningún pedazo de «algo» que hiciera juego con «esto»?


Me dijeron que no.


Si yo hubiera sido un pobretón cualquiera, cargado de problemas, es muy probable que hubiera arrojado la mano al cubo de la basura y que no hubiera vuelto a preocuparme. Pero el caso es que la mano cortada estaba sobre mi mesa y que la gente esperaba con ansiedad mi decisión; de haber encontrado varios trozos pertenecientes a un cuerpo humano, lo más normal hubiera sido avisar a la policía; pero con una sola mano en las manos yo no me atrevía a dirigirme a la policía. Intuía que los detectives se empeñarían en encontrar el resto y que no pararían hasta remover todo el jardín y el mobiliario de la casa.


Para no alargar la situación, hice el siguiente discurso a mis domésticos:


—Estimados criados: el trastorno ha llamado hoy a las puertas de nuestra casa. Nos encontramos con una mano que no pertenece a nadie de nosotros y que no sabemos de dónde procede. Si hubiéramos descubierto un cuerpo entero, haciendo lo que se hace en estos casos habríamos quedado como gente de bien; pero no hay precedentes de lo que ha ocurrido ahora, y todo se ha trastocado. El hecho de tratarse de una mano sola, sin ningún indicio que nos permita suponer que alguien ha perdido, además de mano, la vida, quiere decir con toda verosimilitud que alguien ha perdido la mano y sólo la mano. Es cierto que una mano no se pierde así como así, pero también lo es que se puede perder de muchas maneras, y eso es algo que a nosotros no nos incumbe.


«¿Qué podemos hacer? ¿Avisar a la policía? ¡Jamás! La policía escudriñará por los rincones buscando lo que no existe y hará que nos sintamos extraños en nuestra propia casa. No. Los hechos indican el camino que debemos seguir. Para quien la haya sufrido, la pérdida es considerable y tan reciente que a estas alturas debe estar muy preocupado. Averigüemos quién es, busquémosle y ayudémosle cristianamente. Eso es todo.»


Encargué que compraran un jarro de cristal para conservar la mano en alcohol y, tan pronto como el humor me lo permitió, hice pegar un cartel redactado de la siguiente manera: «Alguien ha perdido algo muy importante en un jardín de una casa principal. Quien acredite ser su propietario, que se presente como es debido y se le dará satisfacción.» Los diarios de la comarca publicaron una nota parecida y, a partir de ahí, sólo tuve que esperar.


Ocurrió que la investigación llenó singularmente mi vida. Numerosas personas acudían a verme mañana y tarde, y muchas de ellas me contaban historias de extravíos, con las cuales se distraía mi espíritu. En mi despacho, montado a la americana con el fin exclusivo de llegar a resolver ese asunto, recibía a todo aquel que se presentaba.


Una de las primeras personas que llegaron fue un hombre que llevaba un gramófono antiguo bajo el brazo. Era una persona menuda, abrumada por un mundo que no estaba hecho a su medida: se presentó con corrección, moviendo el rígido sombrero con unos saludos caligráficos muy de mi agrado. Sostuvimos el siguiente diálogo:


—¿Qué ha perdido usted?


—Un tornillito de vanadio, sin el cual mi gramófono no puede funcionar.


—Los anuncios advierten que lo que se ha encontrado en mi jardín es importante. Un tornillito de vanadio carece de toda importancia.


—Se equivoca por completo, señor. La cosa más valiosa para mí es el gramófono. Si su funcionamiento depende de un tornillito de vanadio, el tornillito adquiere para mí toda la importancia del mundo.


»Eso precisa una explicación, y, de caballero a caballero, estoy dispuesto a dársela. Tengo cincuenta años. A los veinte me enamoré de una muchacha que era la mujer más bonita que ha habido en el mundo, y que no correspondió a mi amor. Pese a esto, era tan buena que se apiadó de mí y me prometió que cada vez que fuera a verla a su casa me cantaría una canción exclusivamente para mí. Era la mejor cantante de la época y no había un solo pájaro que pudiera competir con su voz. Yo la visitaba a menudo, me sentaba en un sofá y la escuchaba, ya puede suponer con qué unción. Era muy feliz, no deseaba otra cosa, me bastaba, y nadie puede decir que me excediera en mi ambición. Pero ¿qué somos en este mundo? Nada. Usted ya lo sabe, y hay un montón de libros que lo cuentan. La vida nos lleva de un lado a otro, y, cuando una mañana nos levantamos felices, ya nos asalta el miedo de que a la tarde nos golpee la desgracia.


»Ella se murió de tristeza, después de mantener esas relaciones. ¡Qué mal me sentí, Señor! No alcanzo a saber el porqué, matando como mata, la tristeza no llegó a matarme a mí.


»Mas Dios aprieta pero no ahoga, y la misericordia divina no podía descuidarme. Mi enamorada me dejó una colección de cilindros de cera con las canciones que más me gustaban. Ya se imagina adónde voy a parar, ¿verdad? Desde entonces me pasaba los días escuchando su voz en mi gramófono, y, entornando los ojos, veía de tal manera a mi amor, que había recuperado la felicidad. No me preocupaba de otra cosa que del mantenimiento de mi aparato, y ni siquiera tenía ánimos para cuidar de mi persona. De eso se encargaron los vecinos, que me traen comida de vez en cuando y me zurcen los calcetines y hacen cuanto les parece que me puede convenir para ir tirando.


»Imagine mi desesperación cuando, hace tres días, descubrí que mi gramófono no podía funcionar porque se había extraviado un tornillito de vanadio. Consulté a un mecánico y me dijo que la construcción de la pieza, por tratarse de un trabajo de precisión, me costaría un precio muy por encima del alcance de mis posibilidades. Las empresas del ramo me aseguraron que el aparato era de un modelo anticuado y que me resultaría imposible encontrar recambios.


»He aquí, señor, cómo tuve que emprender la búsqueda del tornillo perdido.»


—Su historia es realmente conmovedora, y lo entiendo todo a excepción de por qué se le ha ocurrido que podía encontrar el tornillo en mi jardín. ¿Ha estado en él alguna vez?


—No, nunca. Pero he buscado el tornillo por toda la zona; no he dejado de mirar ninguna casa, he levantado todas las piedras, revuelto todos los matorrales, inspeccionado todas las vueltas de los pantalones de los habitantes de la comarca y propuesto ventajosos trueques a cualquier chico del pueblo que me encontrara el tornillo; lo he hecho todo, menos buscar en su jardín. Ya que no está en ninguna parte, tiene que estar en su casa (porque no alcanzo a admitir que se haya fundido). Su anuncio me ha dado la idea, y, sea lo que fuere lo que haya encontrado, le pido que me deje mirar el jardín.


Naturalmente, accedí a ello, convencido de que ni yo iba a perder nada ni él encontraría lo que buscaba. Le acompañé y, una vez llegados al lugar en cuestión, me confió la custodia del gramófono, se puso a cuatro patas y recorrió el jardín arriba y abajo. Debo confesar que no necesitó esforzarse demasiado. Muy pronto se levantó de un salto, sosteniendo entre el pulgar y el índice una cosa menuda, y gritó:


—Aquí está mi tornillo. A la fuerza tenía que estar aquí…


Me ofreció su casa y se despidió con una cortesía que denotaba una excelente educación. Por mi parte, ya entenderán que no podía preocuparme demasiado.


Al día siguiente vino a verme una bonita muchacha, que se comportaba con una especial compunción. Adiviné que le costaría esfuerzo explicarme los motivos de su visita y, después de aclarar que venía atraída por el anuncio del periódico, le pregunté con intención de ayudarla:


—¿Y qué ha perdido en mi jardín?


—La honestidad, señor —respondió entornando los ojos.


Me pareció que andaba desorientada y me decidí a adoptar un aire benevolente.


—No es eso, hija mía, no es eso.


—Sí, señor. Es exactamente eso.


Lo dijo con una firmeza que me obligó a creerla, y la curiosidad me llevó a preguntar:


—¿Y cómo ha sido?


—Galsworthy, señor. La noche de la fiesta mayor. Debajo de las lilas…


Tenía que ser él, caramba. Frío y astuto, eternamente ausente y fingiendo que ninguna cosa indecorosa podía serle atribuida, ¡se entretenía haciendo perder a las muchachas algo importante en el jardín de mi casa! Soy hombre que no rehúye ciertos principios, y en un par de días arreglé una boda reparadora, sin gastar demasiado tiempo, porque el anuncio seguía trayendo gente a casa y yo le dedicaba una atención permanente.


El tercer desconocido llegó con un ayudante que le llevaba dos maletas. Era un hombre que predisponía a la confianza y al que, si me lo hubiera propuesto, habría asociado a cualquiera de mis negocios.


Tomó en seguida el mando de la entrevista y me dijo:


—Modestia aparte, yo, señor, soy ladrón. Hasta hace poco me ha sonreído la fortuna; me he ganado bien la vida sin trabajar demasiado, estoy bien visto por la gente y respetado por la policía, y nunca he tenido que hacer ninguna retirada. En su casa he sufrido el primer contratiempo, y acudo a superarlo noblemente, jugando con cartas descubiertas.


»Me creía el ladrón más perfecto del país y he llegado a confiarme demasiado. La otra noche acudí a su casa para mis negocios, llevando encima unos recuerdos de familia y toda mi documentación personal. Es algo que no se debe hacer nunca, es elemental; sólo puede ocurrírsele a un aprendiz. Yo caí en ello, mitad por vanidad, mitad por imprevisión, y sucedió lo peor que podía suceder: perdí los papeles en su casa. El anuncio que usted ha publicado en la prensa me ha advertido de que usted es una persona civilizada y que quiere resolver el asunto de hombre a hombre. Siempre me ha gustado tratar con gente liberal y vengo dispuesto a corresponder a su gesto: yo le devolveré el producto de mi trabajo, usted me devuelve los documentos y tan amigos como antes. Así da gusto ir por las casas.


Dichas estas palabras, abrió las maletas que llevaba su acompañante y sacó de ellas servicios de mesa de oro y de plata marcados con mis iniciales, dos o tres relojes de valor, joyas caras y preciosos regalos que me habían hecho mis parientes y conocidos.


—Eso que dice —le contesté— es realmente encomiable, y usted y yo quedaríamos como personas honorables de no ser que yo no he descubierto que nadie me haya quitado nada ni he encontrado ningún papel que le pertenezca.


Parece que eso le sorprendió, pero reaccionó prontamente. Se cogió la barbilla con la mano derecha, para pensar con más rigor, y dijo:


—Es una pena. Si no encontramos una salida airosa, la entrevista se pondrá tirante por momentos.


Dio unos pasos por mi despacho y añadió:


—De todos modos, su anuncio me sugirió algo que podría explicar la pérdida de mi cartera. Con su permiso, no nos quedará más remedio que hacer una pequeña reconstrucción de los hechos.


»Aquella noche, yo salí de su casa por esta ventana que da al jardín. Ya ve que esto no supone ninguna dificultad: un saltito y de pie en el suelo. Probémoslo.


Abrió la ventana, pasó una pierna por encima del antepecho y prosiguió:


—Exacto. Recuerdo que al saltar se me enganchó la americana en las ramas de un limonero; en aquel momento noté el ruido de algo que se caía al suelo, pero no le presté atención, porque llevaba prisa.


»Lo que se cayó al suelo podía ser muy bien mis documentos, ¿verdad? Ha llegado el momento de esclarecerlo.


Saltó al jardín, se agachó y buscó entre las hierbas. Al cabo de unos segundos se levantó con una cartera en las manos.


—¡Ya los tengo! —dijo—. He salido del paso mejor de lo que creía porque prefiero que usted desconozca mi identidad.


Entonces pensé que me correspondía decir algo.


—¿Y si ahora le hago prender por mis criados y le entrego a la policía?


—No, no —contestó—. No nos conviene ni a mí ni a usted. Mis colegas no le dejarían vivir tranquilo. O mucho me equivoco o llegarían a perseguirle por las calles. Es mejor que nos demos la mano y que olvidemos lo ocurrido.


Nos dimos la mano cordialmente. Hizo el gesto de reponer mis cosas en las maletas, pero lo pensó dos veces y dijo:


—¡Pse! Puede quedárselas.


—¡Oiga! ¿Ahora puedo estar tranquilo?


—Totalmente. Tengo en estudio cosas más importantes. Y, además, nuestra naciente amistad me ataría de manos.


Y se fue.


El cuarto visitante, para ser exactos, no vino. Una tarde, al salir de casa, me lo encontré sentado en el poyo de la entrada, en la parte interior del jardín. Vestía un chaqué lustroso, se sostenía la cabeza con las manos y se atormentaba el bigote con un gesto de ensimismamiento.


—¿Qué hace aquí? —le pregunté.


—De eso se trata, precisamente —contestó—. Estoy intentando recordarlo.


Nadie había tenido nunca ante mis ojos una apariencia tan sincera y jamás había visto a una persona tan reacia a las bromas. No me reclamaba ninguna tarea concreta y me pareció bien ayudarle: su aspecto y su ropa denotaban una miseria extrema, que inclinaba a la compasión. Me senté a su lado.


—¿Quién es usted?


Me miró perplejo. Buscó en los bolsillos, sacó un carnet y leyó:


—Marc Noblesa. Fontanero. Calle del Sol nº 3. Pero no recuerdo dónde cae esta calle, ni el oficio de fontanero. Sé por la foto que soy ese tal Marc, pero no sé nada más. Estoy desorientado, ¿sabe?


—Pero ¿cómo ha venido a parar a mi jardín?


—Oh, no lo sé. Me parece que he venido atraído por algo; pero no me acuerdo.


Se me ocurrió que tal vez acudía a causa de mi llamamiento y le mostré un recorte de periódico con el anuncio. Lo leyó.


—¡Sí! ¡Es eso! —exclamó—. He venido para eso.


—¿Ha perdido algo?


—Creo que sí. Pero no me acuerdo.


—Bien, bien. Procedamos con método. ¿No le falta nada? ¿No echa nada de menos?


Se palpó la ropa y dejó caer los brazos con un gesto de fatiga. Me miró con una mirada húmeda, arrugando la frente y apuntando al cielo con el extremo interior de las cejas.


—Lo único que echo de menos es la memoria.


—Lo siento, pero lo que nosotros hemos encontrado no es eso. Sin embargo, entre en casa y veamos qué se puede hacer.


—Déjeme seguir aquí. Parece como si el aroma de las manzanas del jardín se empeñara en recordarme algo. Es extraño. Tengo grabada la imagen del jardín iluminado por la luna. Lo veo como se vería, por ejemplo, encaramado en lo alto del muro que lo rodea. Todo eso me ha sido sugerido por el perfume de los manzanos; conservo un poco de memoria en la nariz.


Comenzó a caminar con las manos a la espalda, siempre cabizbajo y sin prestarme excesiva atención. Se detuvo ante una de las puertas de la verja del jardín y entonces me llamó.


—¿Ve? Todo eso que menciono es como si lo viera desde ahí arriba. Tendré que subir, para intentar completar el recuerdo. Aúpeme, si no tiene inconveniente.


Le ayudé porque me lo pedía amablemente, y se encaramó con dificultad, a horcajadas sobre el muro. Desde aquella posición lanzó una mirada intensa y amplia a todo el jardín; observó el pie del muro, en parte dentro y en parte fuera de mi propiedad, e hizo con los dedos un chasquido de comprensión.


—¡Suba, suba, por favor! —me dijo.


Y me tendió las manos para ayudarme. Una vez arriba, me mostró una caja de cinc abandonada en una zanja que rodeaba la parte exterior del muro.


—Eso no me resulta desconocido.


Era una caja como las que usan algunos trabajadores manuales para llevar las herramientas.


—Eso puede ser una caja de fontanero. ¿Usted no es fontanero?


—Según el carnet, sí. Pero he descubierto otra cosa. Mire…


Estiró el brazo, señalando al interior, junto al muro, y vi un sombrero muy aplastado que desde abajo era invisible porque lo cubría un arbusto oriental.


—Ese sombrero también sugiere algo. No me extrañaría que alguien dijera que me pertenece.


—Nadie mejor que usted para decirlo…


Mientras lo contemplaba, entornó los ojos, en un intenso esfuerzo por hacer memoria que le apagaba la expresión. Se pasó la mano por la nuca e hizo una mueca de dolor que me pareció que no venía a cuento.


—¿Qué tengo aquí?


Me mostró la nuca.


—Tiene un bulto o, mejor dicho, tiene eso que se denomina un chichón. Le han dado un golpe, o se ha caído, o … Usted sabrá.


—¡Aaah! —dijo—. ¡Aaah! Ya lo sé. Subí aquí y me caí de cabeza. Y… Sí, ¡es eso exactamente! ¡Y perdí la memoria!


—¿Y qué problema le llevaba a encaramarse al muro?


—Eso es una cosa delicada de explicar. Subí para coger (entienda «coger» en el mejor sentido de la palabra), para coger una manzana. Sólo una, ¿entiende? Lo hacía cada día al volver del trabajo y nunca nadie me había reprochado nada. Pero, permítame: a veces hablamos sin saber quién nos escucha. Yo ya me he presentado. ¿Quiere hacer el favor de decirme su nombre?


—Soy el amo de esta casa, del jardín y de las manzanas.


Se ruborizó.


—La he hecho buena —dijo—. Ahora tendré que dar explicaciones.


—No se las pido. Limítese a terminar de contarme la historia de su accidente.


—Es breve. A menudo, al acabar el trabajo y regresar a casa, me encaramaba a esta pared para coger una manzana. Me había hecho la siguiente reflexión: «Este señor es rico y debe criar manzanas por el gusto de contemplar el árbol, más que por la necesidad del fruto.» Sin embargo, si yo hubiera pensado que le ocasionaba un perjuicio, no habría cogido nunca una sola manzana. Porque —pregúnteselo a quién quiera— yo soy una bellísima persona.


»La otra noche, como siempre, dejé la caja de las herramientas en el suelo y trepé para alcanzar una fruta. Con una pierna a un lado y la otra al lado del muro, miré inconscientemente a la luna, que por cierto era luna llena. Y sucedió una cosa que nunca me había sucedido, pero que puede suceder a cualquiera: la luna me mareó, me dio vueltas la cabeza y caí golpeándome en la nuca.


»Es probable que pasara toda la noche sin sentido, y supongo que el rocío del alba me despejó. Sé que caminé un buen rato a lo largo de la verja del jardín, desorientado, y que finalmente salí a la calle. No conseguía alejarme de su casa y tengo la sensación de haber pasado días enteros recorriendo la verja del jardín, oliendo el perfume de las manzanas y haciendo esfuerzos terribles por recordar quién era yo, de dónde procedía y adónde me dirigía.


»Hoy ha llegado un hombre con un rollo de papeles bajo el brazo y un bote de cola en la mano. Ha pegado en la pared, a cuatro pasos de aquí, un cartel con un anuncio hablando de una pérdida importante y de un jardín de una casa rica. He entrado con la vaga idea de haber encontrado el buen camino, y entonces nos hemos conocido y hemos llegado a la recuperación de mi memoria.


»Eso es todo, señor. Y ahora permítame —hundió dos dedos en el bolsillo del chaleco—: ¿qué le debo por la fruta?


—Váyase tranquilo y no volvamos a hablar de eso. Tengo la costumbre de utilizar únicamente billetes grandes.


Se fue tal como le recomendaba, muy agradecido por mi atención. A mí, en cambio, la meditación me retuvo un buen rato en lo alto del muro.


El quinto visitante… Pero ¿por qué explicar uno a uno el caso de cada persona que apareció atraída por el anuncio? La fatiga acabaría por vencerme tanto a mí como a los que benévolamente me siguieran, sin que mis memorias resultaran especialmente enriquecidas.


El caso es que descubrí que mi jardín, sin que yo lo supiera, era el centro de la vida del país. Había madres que habían perdido a sus hijos y los encontraban en mi jardín debajo de una mata de girasoles, por ejemplo. Y maridos que reconquistaban el amor perdido de sus esposas concertando idilios al claro de la luna, debajo de unos árboles que me pertenecían.


En mi jardín se hacían transacciones sentimentales y de todo tipo, y a la gente le complacía acudir a él para hacer tintinear sus pasiones. Irritado, dudé entre despedir a mis jardineros o reforzarlos con brigadas completas de nuevos elementos y poner un vigilante junto a cada brizna de hierba. Pero ninguna de estas dos ideas me ayudaba a resolver el enigma de la mano cortada, que en aquel momento me preocupaba por encima de todo, y aplacé para más adelante la toma de una decisión definitiva.


Ciñéndome al hilo de mi relato, hablaré del quiromántico, el décimo de mis visitantes. Llegó un anochecer que presagiaba una noche serena, adecuada para que la luna brillara con mayor fulgor.


Podría explicar que era un hombre alto y grueso, pero eso no ayudaría a entender del todo el efecto que producía al tratarlo por primera vez. Tal vez sea mejor decir que era una persona tímida, y que por miedo a que sus ojos se encontraran con los de sus interlocutores, los movía constantemente. Y que, siendo un hombre para el cual las manos de los demás carecían de secretos, no sabía qué hacer con las suyas.


—He venido atraído por la confidencia de uno de sus criados —dijo—. Sé que ha encontrado una mano cortada y que busca a su propietario. Un servidor es quiromántico de toda la vida, y, si me deja leer la palma de la mano en cuestión, es prácticamente seguro que podría darle un informe orientador. Si no le interesa, ya me disculpará la intromisión…


Me interesaba, claro, y le mostré el hallazgo. La examinó a conciencia, siguiendo las todas las rayas y fijándose en todas las protuberancias. Debía conocer su oficio muy a fondo, porque el dictamen que emitió no se parecía en nada a los pronósticos de los adivinos buenaventuras. Eliminando los circunloquios, su información era más o menos, la siguiente:


—El propietario de esta mano es un filósofo pequeño-burgués. Posee una mente clara, vista desde una especial perspectiva, y si cuida de sí mismo y se administra bien vivirá un montón de años. Utiliza preferentemente una gorra de plato con visera de charol, lo cual es posible que signifique que se trata de un espíritu superior que desprecia la maledicencia humana. El anillo de oro indica, por los menos, que sus iniciales son F.E…


—No siga, ¡ya sé quién es! Por estos alrededores, sólo hay un filósofo pequeño-burgués que utilice gorra de plato: Feliu de l’Espatlleta.


Confieso realmente que debía habérseme ocurrido que uno de los pocos hombres en la tierra capaces de abandonar una mano en un jardín ajeno era Feliu de l’Espatlleta. Ciudadano ejemplar en cuanto a no ser gravoso para la sociedad, vivía en una casita construida por él mismo, en una colina de las afueras que en otros tiempos había soportado un barrio judío. No tenía familia conocida y no era nada aficionado a hacer amigos, porque decía que, para pensar bien y a gusto, no hay como estar solo.


Fui a verle llevándole la mano cuidadosamente envuelta en papel de seda. Le encontré sentado en el portal de su casa; su silla, inclinada, sólo tocaba el suelo por las patas traseras y descansaba su respaldo en una columna que, junto con la pérgola que sostenía, era el adorno más precioso del edificio. Él, Feliu de l’Espatlleta, llevaba una gorra de plato echada hacia delante, de modo que para mirar tenía que levantar la cabeza. Me recibió con una sonrisa de estar al cabo de la calle de mis intenciones, y me dijo:


—¡Ha tardado más de la cuenta!


Se trataba de una acogida inesperada, que me impresionó. En cambio, el filósofo, al que yo consideraba llamado a afrontar la entrevista a la defensiva, se quedó fresco como una rosa. Tenía el muñón izquierdo envuelto en un montón de vendas, que reemplazaban la mano, y fumaba una pipa con toda la serenidad del mundo.


—Deje el «famoso paquete» donde le plazca y siéntese, que hablaremos hasta cansarnos, si tiene ganas.


—¿Me esperaba?


—Le esperaba de una manera relativa. Hace tiempo que ya no espero nada de esta vida.


—Deseo que el accidente que ha hecho víctima de una mutilación no le haya dado una causticidad triste.


—En absoluto, señor opulento, en absoluto. En primer lugar no se trata de un accidente.


—¿De qué se trata, pues?


—De un problema de consecuencia con mi sistema, que consiste en no dejar caer en la gratuidad ninguna de mis convicciones. Le explicaré el caso de la mano; verá: una de las cosas más justas de los Evangelios es aquello de que la mano derecha no ha de saber nunca lo que hace la mano izquierda. Pero en cada uno de nosotros la obligada promiscuidad entre ambas manos hace prácticamente inviable la fórmula del evangelista.


—Ya lo veo venir: usted ha encontrado el punto de sazón de la discreción cortándose una de ellas, ¿no?


—Exactamente; sí, señor. A usted, y a según quién, eso le parecerá una ligereza, pero es que no entienden nada de nada.


—¿Se cree original?


—¡Psé! Cuando me pongo a creer, creo en cosas de mayor trascendencia.


Él ganaba e inicié un repliegue diciéndole:


—Comprendo su idea y la admito. Lo que no consigo explicarme es por qué eligió precisamente mi jardín para abandonar la mano.


—Oh, sin embargo es algo muy sencillo. Una vez con la mano cortada, y después de una profunda meditación, me dije: «Ahora que tienes eso, podrías aprovecharlo para darle una lección a ese rico señor de ahí abajo, que se cree tan por encima de la filosofía. Y podría demostrarle que yo, muy por debajo de él, en su opinión, puedo prescindir airosamente de cosas que, si él las perdiera, le producirían el efecto de una gran desgracia.» Y abandoné la mano, como quien no quiere la cosa, en un rincón de su jardín.


—Lástima que, para hacer más comprensible la lección, no dejara también una tarjeta de visita.


—El anillo de oro cumplía esta función. Confiaba en que sería lo suficiente clarividente como para entenderlo.


Inhaló a fondo y arrojó una bocanada de humo. Yo, irremediablemente, comencé a reflexionar. Pensaba que mi jardín debía contener forzosamente algún encanto que atraía a la gente con una especial disposición de espíritu: tal vez llevaba razón la vecina y se trataba de la luna, o tal vez no era esto, y entonces vaya a saber usted de qué se trataba. ¡Virgen Santa! Me pareció que el filósofo, acostumbrado a pensar correctamente, podría decirme algo y le pregunté:

—Pero ¿está completamente seguro de que no fue obedeciendo a ningún otro motivo por lo que eligió mi casa?



—¿Por qué me lo pregunta?

Le expliqué el caso de mi jardín, que escuchó atentamente. Contestó:


—Usted no lo entiende porque no ha leído mucho y tiene pocas letras. En caso contrario, conocería las palabras de Omar Kayham, cuando dijo: «El jardín del rico atrae al pobre porque en la opulencia de los poderosos reflejan los indigentes sus ilusiones.»


—¡Ah! Conque es eso. Nunca se me hubiera ocurrido. Y, oiga, ¿no podría hacerse algo para evitar esta atracción?


—Sí. Podría convertir su jardín en un jardín municipal y llenarlo de carteles que dijeran que está permitido estropear las flores y desplumar los pájaros. Entonces no vendría nadie.


Semejante consejo era muy de agradecer. También con el filósofo, como antes con el ladrón, entablé amistad.




(CALDERS, Pere: Ruleta rusa y otros cuentos, Barcelona, Anagrama, 1984)