La niña que riega las albahacas



PERSONAJES

MARICASTAÑA

CURRUTACOS

PADRE

MUCHACHAS (MATILDE, CLOTILDE Y MARIQUILLA)

PRÍNCIPE

CALATRAVA

REY

REINA

ESCRIBANO

HERALDO

CABALLEROS PRINCIPALES (3)


Autor:

Antonio Rodríguez Almodóvar

Montaje escénico:

David Fernández Troncoso





ACTO PRIMERO


(MARICASTAÑA es una vieja insólita. Camina renqueando y arrastrando una silla, que la acompaña a todas partes. Lleva también un hatillo al hombro. Por lo bajo farfulla una retahíla de quejas, conjuros y oraciones. Su indumentaria variopinta, toda ella de prendas que fueron y ya no son; lo mismo que su rostro, aniñado y repintado, como una muñeca envejecida, excepto en el mirar. Le destaca una nariz muy grande, casi como la de Pinocho. Y en vez de calzado, usa unos trapos reliados a los pies.

Entra MARICASTAÑA, con su silla a rastras y su atadijo, canturreando una cancioncilla popular. Se para a media escena y, más que sentarse, se desploma en su silla dando un suspiro inmenso.)

MARICASTAÑA: ¡Aaay! ¡Que ya no siento mis carnes! ¡Y eso que toas me duelen! ¡Aaaay! ¡Qué dolor de mí! ¡Mocita y pinturera como ninguna, y siempre de un lao pa otro, como el corsario! Más de una noche no paro en ningún sitio, mire usted. En cuanto termino la faena, ¡arreando! ¡Con decirle que no me da tiempo ni de llenar la barriga! Por cierto...



(Empieza a rebuscar en su atadijo y saca un mendrugo. Va a morderlo cuando se oyen unas voces de los CURRUTACOS.)



CURRUTACOS: ¿Pero tú tienes barriga, Maricastaña?

MARICASTAÑA: ¡Cóoooomo! ¡Habráse visto poca vergüenza! ¿No se lo dije yo a ustedes? No hago más que llegar y ya están aquí esos malditos Currutacos.

(Entran tres o cuatro CURRUTACOS, especie de niños traviesos, con algo de arlequines y de enanos jocosos. Dan volteretas y meten mucho jaleo.)



CURRUTACOS: No te enfades, Maricastaña. Era una broma.

CURRUTACO 1: (Con voz muy alta) ¡Y fueron felices y comieron perdices...!

MARICASTAÑA: (Haciendo un puchero) Y... y... y a mí me dejaron con tres palmos de narices!



(Bizquea mirándose su nariz y señalándosela con un dedo triunfal. Comienza a reírse y contagia a los CURRUTACOS. Éstos se revuelcan de risa, mientras ella finge perseguirlos. Música. Cantos.)



MARICASTAÑA: ¡Ay, ay estos malditos Currutacos! ¡Si no fuera por vosotros ya hace tiempo que estaría retirada del oficio!

CURRUTACOS: ¡Eso no te lo crees ni tú! Mira, nosotros nos vamos a sentar en el suelo, a tu alrededor, como hacemos siempre. Y ni siquiera te lo vamos a pedir. Sólo nos estaremos quietecitos mirándote.



(Los CURRUTACOS se han sentado en el suelo, alrededor de Maricastaña. Muy débilmente comienza a sonar una música maravillosa; va aumentanado, aumentando y Maricastaña sigue discutiendo por lo bajo. También se va iluminando la mayor parte del escenario, hasta entonces a oscuras. Ya se adivinan los contornos de muebles y personas... Sí... aparecen TRES MUCHACHAS. TRES MUCHACHAS cosiendo y un HOMBRE mayor, bigotudo, que las sermonea. MARICASTAÑA ya no se puede contener más. Se transfigura su rostro y comienza a contar el cuento.)



MARICASTAÑA: ¡Había un hombre que tenía tres hijas y las tres eran muy guapas!

CURRUTACOS: ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo! (Aplauden a rabiar.)

MARICASTAÑA: No las dejaba salir nunca de casa. Pero una vez tuvo que emprender un largo viaje...

PADRE: ¡Y no se os ocurra abrirle la puerta a nadie! ¡A nadie quiere decir exactamente a nadie! ¡Y no os asoméis a la ventana! ¿Está claro?

MUCHACHAS: Sí, papá.



(Sale el PADRE y al momento MARIQUILLA, la más pequeña, suelta la labor y se asoma a la ventana, donde hay una macetita de albahaca. La acaricia, la huele sensualmente.)



MARIQUILLA: ¡Ay, qué bien! ¡Al fin podremos mirar por la ventana todo lo que queramos!

LAS OTRAS DOS: ¡No seas loca, Mariquilla! ¡Una vez cada tres días y el tiempo justo de regar la albahaca!



(MARIQUILLA queda triste, pero no resignada. Se sientan otra vez y coge la labor. Se oscurece la escena. Mientras, Maricastaña continúa.



MARICASTAÑA: Claro, la pobre Mariquilla, a quien le ardía la sangre en las venas, no podía estar conforme con aquello. Pero las otras dos pazguatas, que eran mayores, parecían el vivo retrato de su padre. Sólo les faltaba el bigote.



(No han terminado de decirlo, cuando se levantan dos CURRUTACOS, invaden la escena y se dirigen a las dos hermanas mayores. Se sacan unos bigotes postizos y le colocan uno a cada una de ellas, que no reaccionan y continúan su labor como si tal cosa, pero con el bigote puesto. Ni que decir tiene que este postizo es idéntico al del padre. Los CURRUTACOS vuelven a sentarse junto a MARICASTAÑA.)


CURRUTACO 1: ¿Y qué pasó, Maricastaña?

MARICASTAÑA: Pues pasó... ¿Qué pasó, Maricastaña? ¡Ay, cada día tengo la cabeza más perdida!

OTRO CURRUTACO 2: Quedamos en que cada día le tocaba a una de las hermanas regar la maceta...

MARICASTAÑA: ¡Tú te callas, Currutaco! (Le propina un sopapo.)

CURRUTACO 2: ¡Ay, mi chola!



(Al decir esto vuelve a iluminarse la escena y a oscurecerse el rincón de MARICASTAÑA.)

(Ya es otro día. Las TRES HERMANAS hacen las faenas de la casa, entre suspiros y cancioncillas. MARIQUILLA, muy animada se dirige a la hermana mayor)



MARIQUILLA: ¿No se te olvida nada, Clotilde?

CLOTILDE: ¿A mí? ¿Qué se me va a olvidar?

(MARIQUILLA señala hacia la maceta.)

CLOTILDE: ¡Uy, es verdad! ¡La mata de albahaca!



(Va a por la regadera, vuelve y se dispone a regar la maceta. Cuando lo está haciendo, entra en la calle el PRÍNCIPE, que viene a caballo, acompañado por su ESCUDERO. Ve a CLOTILDE en la ventana.)



PRÍNCIPE: ¿Ves lo que yo veo, amigo Calatrava?

CALATRAVA: Sí, majestad. Veo a una damita que riega las albahacas con sus muchas hojitas.


(Irrumpe la música que introduce la cancioncilla del PRÍNCIPE.)


PRÍNCIPE:

Niña que riega las albahacas,

¿cuántas hojitas tiene la mata?



(CLOTILDE se queda atónita y avergonzada. No sabe qué contestar y se mete para adentro.)



MARIQUILLA: ¿Por qué estás tan colorada, Clotilde?

MATILDE (La segunda hermana): Eso, ¿por qué tan colorada estás?

CLOTILDE: ¡Si supierais lo que me ha pasado!

MARIQUILLA: A ver, cuenta.

MATILDE: Cuenta, a ver.

CLOTILDE: Estaba yo tan tranquila regando mis albahacas...

MARIQUILLA: Nuestras albahacas...

MATILDE: Las albahacas nuestras.

CLOTILDE: ¡Ay, qué pesadas! ¿Me queréis dejar?

CURRUTACOS: Dejadla, dejadla, que ya veréis lo que le ha pasado a esa tonta (Ríen y meten jaleo.)

MARICASTAÑA: ¡Silencio, Currutacos!



(Mientras discuten MARICASTAÑA Y los CURRUTACOS, CLOTILDE ha contado, con gestos muy expresivos, lo que acaba de ocurrir.)



MARIQUILLA: ¿Has dicho el hijo del rey?

MATILDE: ¿El hijo del rey has dicho?

CLOTILDE: (Lloriqueando.) Sí, era el hijo del rey... y yo no he sabido decir nada...

MATILDE: Uy, me acabo de acordar de que mañana me toca a mí regar la maceta.

MARIQUILLA: ¿Por qué no eres buena y me cedes tu turno, Matilde?

CLOTILDE: Ni hablar. Eso va por toca, como mandó nuestro padre.

MATILDE: Como mandó nuestro padre, eso va por toca. ¡Ya veréis mañana lo que le contesto yo al hijo del rey!

CURRUTACOS: ¡Túuu! ¡Amos, anda! ¿A que no es capaz de decir ni pío, Maricastaña?

MARICASTAÑA: ¡Prohibido terminantemente saber lo que ocurre antes de que ocurra lo que tiene que ocurrir! ¡Ésa es la regla! ¿Cuántas veces os lo tengo que decir?

CURRUTACOS: Está bien. No te enfades.



(Ya es otro día. Las TRES HERMANAS se afanan de nuevo en las tareas de la casa. La de enmedio, MATILDE, se ha emperifollado más de lo normal.)



MATILDE: ¡Ay, qué nervios, qué nervios! ¡Qué hora es, qué hora es!

MARIQUILLA: (Resignada.) La hora del príncipe menos diez.

MATILDE: ¡Uy! ¡Y yo sin llenar la regadera? ¿Dónde está la regadera?

CLOTILDE: Hace media hora que la pusiste a los pies de la ventana.

MATILDE: ¡Uy, es verdad! ¡Es verdad! ¡Se me había olvidado! ¿Y si empiezo ya a regar la maceta?

MARIQUILLA: ¡Pues que la vas a enguachisnar!

MATILDE: ¡Ay, si no fuera porque nuestro padre nos lo tiene prohibido, me asomaría a la ventana, a ver si viene el príncipe! Pero ya es casi la hora, ¿no, Mariquilla?

MARIQUILLA: Sí, hija, sí.



(MATILDE se va hacia la ventana, dándose los últimos toques al pasar por delante del espejo. Coge la regadera y empieza a regar la planta. Al momento entra el PRÍNCIPE con su caballo y su ESCUDERO.)



PRÍNCIPE: ¿Ves lo que yo veo, Calatrava?

CALATRAVA: Sí, alteza. Veo a una doncella que riega una planta de hojitas llena.



(Irrumpe de nuevo la música y el PRÍNCIPE canta.)


PRÍNCIPE:

Niña que riega las albahacas,

¿cuántas hojitas tiene la mata?



(MATILDE se queda tan atónita y avergonzada como se quedó su hermana mayor, y sin decir ni pío se mete para adentro.)



MARIQUILLA: ¿Lo ves, lo ves? ¿No te lo decía yo?

CURRUTACOS: ¡Toma, y nosotros también lo decíamos! ¡Esa es más tonta que la mayor, que ya es decir!

MARIQUILLA: ¡Mañana me toca a mí! ¡Ya veréis lo que es bueno!

CURRUTACOS: ¡Eso, eso, muy bien dicho! ¡Así se habla! ¡Ahora os vais a enterar!



(Acto seguido los CURRUTACOS invaden la escena y comienzan a ayudar a MARIQUILLA en su acicalado: le planchan, le cosen, la ayudan a pintarse, a vestirse, etc. Los CURRUCATOS vuelven a su sitio, pero se quedan extasiados contemplando a la bella MARIQUILLA sentadita al pie de la ventana con su regadera al lado. CLOTILDE Y MATILDE parecen enfurruñadas y realizan tareas innecesarias. El reloj de pared da las doce y MARIQUILLA, haciéndole un guiño a sus hermanas, se incorpora y se pone a regar la maceta. Entra el PRÍNCIPE con su ESCUDERO y contempla embelesado a MARIQUILLA.)



PRÍNCIPE: ¿Ves lo que yo veo, Calatrava?

CALATRAVA: Sí, majestad, esta vez veo a una linda mocita que riega las albahacas en su macetita.



(Otra vez irrumpe la música y el PRÍNCIPE canta.)



PRÍNCIPE:

Niña que riega las albahacas,

¿cuántas hojitas tiene la mata?



MARIQUILLA:

Caballero del alto plumero,

usted que sabrá de leer y escribir,

de sumar y de restar,

¿cuántas estrellitas tiene el cielo

y arenitas tiene el mar?



(Los CURRUTACOS prorrumpen en vítores y aplausos.)



MARICASTAÑA: ¡Silencio, Currutacos! ¿Es que no queréis saber lo que pasó después?

CURRUTACOS: ¡Sí, sí, sí...!



(MARIQUILLA se ha metido para adentro, dejando desconsolado al PRÍNCIPE.)



PRÍNCIPE: ¿Has oído lo que yo, Calatrava?

CALATRAVA: Sí, majestad. La linda mocita, que ha salío respondona.

PRÍNCIPE: ¿Respondona dices, majadero? ¿No te fijaste cuán hermosa era su voz? ¿Y qué me dices del cutis?

CALATRAVA: ¡El de la media lunita cuando se mira en el mar!

PRÍNCIPE: Eso ya es otra cosa.



MARICASTAÑA: Al día siguiente el príncipe y su escudero volvieron a pasar por delante de la ventana, pero allí no había nadie.

CLOTILDE: Pues a mí me da miedo, no sea que el príncipe se enfade con nosotras. Bastaría con que yo saliera todos los días a decirle adiós.

MATILDE: Con que yo saliera a decirle adiós todos los días, bastaría.

CLOTILDE: Cállate, idiota.

MATILDE: Idiota, cállate. (Se lo ha dicho a sí misma.)

MARIQUILLA: ¿Ya no os acordáis de lo que dijo papá?

MATILDE: ¿De lo que dijo papá, ya no os acordáis?

CLOTILDE: ¿Qué dijo?

MARIQUILLA: Que saliéramos una cada día a regar la albahaca, para que nadie se fijara en ninguna de nosotras.

CLOTILDE: Es verdad. Pues con lo que ha pasado, lo mejor es que no salga ninguna.

MATILDE: Que no salga ninguna es lo mejor.

MARICASTAÑA: Pero, claro, el príncipe no se iba a aguantar así como así. Pasó otra vez al día siguiente, y al otro y al otro, y aquella casa parecía desierta.

CALATRAVA: Yo que usted, majestad, haría algo para obligarlas a salir.

PRÍNCIPE: ¿Y qué se te ocurre?

CALATRAVA: muy fácil ¿Qué es lo que les puede interesar a tres mocitas que están todo el santo día en su casa preparando el ajuar por si les sale un novio?

PRÍNCIPE: ¡Un San Antonio de yeso!

CALATRAVA: ¡Seguro que ya lo tienen! Yo diría... cosas para el ajuar, precisamente. Puntillitas, encajes, hilos de bordar, oséase, quincallería fina. ¿Por qué no se disfraza usted de encajero y pasa por debajo de la ventana, pregonando su mercancía?

PRÍNCIPE: ¿Yo de encajero?



(El PRÍNCIPE se queda pensativo, pese a la protesta, y antes de que haya terminado de pensarlo, ya están los CURRRUTACOS a su alrededor, ayudándole a disfrazarse de encajero.

Están las TRES HERMANAS cose que te cose, con la ventana abierta, cuando se oye el pregón del ENCAJERO/PRÍNCIPE.)



PRÍNCIPE:

Las que se quieran casar,

escuchen al encajero.

Traigo las tiras bordás.

Entredoses, pasacintas,

todito para estrenar

sábanas y manteles,

en saliendo del altar.



(Las TRES HERMANAS se quedan en suspenso y, apenas ha terminado el pregón, echan a correr hacia la ventana, tropezando entre sí. Desde la ventana dan voces al ENCAJERO.)



CLOTILDE: ¡Eh, buen hombre!

MARIQUILLA: ¡El de los encajes, venga usted aquí!

MATILDE: ¡Venga usted aquí, el de los encajes!



(El ENCAJERO finge no oírlas. Las otras gritan más.)



CLOTILDE: ¡Oiga usted, encajero! ¡Encajero!

MARIQUILLA: ¿Estará sordo ese hombre?

MATILDE: ¿Ese hombre estará sordo?



(Por fin se vuelve el ENCAJERO.)



PRÍNCIPE: ¿Me llaman a mí?

MARIQUILLA: ¡Miá qué arma tiene el tío!

MATILDE: ¡El tío, miá qué arma tiene!

CLOTILDE: ¿A cómo vende usted los encajes?

MARIQUILLA: ¿Y las puntillitas? ¿Y los entredoses?

MATILDE: ¿Y los entredoses? ¿Y las puntillitas?

PRÍNCIPE: ¡Un momento, un momento, que así no me entero!



(Se acerca a la ventana y finge aplicar el oído para enterarse bien. Las otras prorrumpen en nuevas peticiones, todas embarulladas.)



PRÍNCIPE: ¡No me entero de nada! O bajan ustedes y me abren la puerta pa poder despachar a gusto, o me voy.

LAS DOS MAYORES: ¡Nosotras bajar! ¿Está usted loco? Nuestro padre nos lo tiene terminantemente prohibido.

PRÍNCIPE: ¡Y a mí qué! O bajan o me voy.

(Se meten para adentro las TRES HERMANAS y empiezan a cuchichear. Las dos mayores niegan rotundamente. MARIQUILLA discrepa con sutileza.)



MARIQUILLA: Bueno, digo yo que por bajar, lo que se dice bajar, no nos va a pasar nada. Además, estando juntas...

CLOTILDE: ¡Mariquilla, no seas loca!

MATILDE: ¡No seas loca, Mariquilla!

MARIQUILLA: Está bien. Yo no insisto. Pero... ¿y si al príncipe le da por alguna de nosotras? Ya sabéis que los príncipes se casan cuando les da la gana. ¿Y el ajuar? ¿Eh...?



(CLOTILDE y MATILDE quedan impresionadas por el argumento. Se miran y se precipitan hacia la puerta y la abren de sopetón. El ENCAJERO, apoyado en ella, cae sobre las tres y todos ruedan por el suelo. Los CURRUTACOS se desternillan de risa. Se levantan todos y se inicia la compraventa.)



MARIQUILLA: ¿A cómo vende usted las puntillitas?

PRÍNCIPE: Depende.

MARIQUILLA: ¡Atiza! ¡Depende!

CLOTILDE: ¿Depende de qué, caballero?

PRÍNCIPE: ¿Yo, caballero? ¡No me seas zalamera, no me seas zalamera!

CLOTILDE: ¿Zalamera, yo?

MATILDE: ¿Ésta, zalamera?

MARIQUILLA: Evidentemente se trata de una confusión.

PRÍNCIPE: ¡Ah!

MARIQUILLA: Bueno, déjese de historias. ¿A cómo?

PRÍNCIPE: (Insinuante.) Ejem...por ser para ti, a beso. Todo lo que llevo lo vendo a beso.

MATILDE Y CLOTILDE: ¡Qué barbaridad, qué escándalo, qué depravación, qué...!

MARIQUILLA: ¡Qué narices! Y qué más da, si no nos va a ver nadie, ¿eh? ¿O es que pensáis pregonarlo por ahí? Total, por un beso...



(Las otras continúan escandalizadas, pero MARIQUILLA ha cerrado los ojos y aproximado discretamente su rostro al ENCAJERO, el cual se acerca y deposita un beso en la mejilla de la niña, al tiempo que una pieza de encajes entre sus manos. Terminada la operación, las mayores empujan violentamente al ENCAJERO hacia la puerta, y cierran, llenas de espanto. Fuera, CALATRAVA espera al PRÍNCIPE. Lo recoge a punto de caerse.)



CLOTILDE Y MATILDE: Qué vergüenza, qué bochorno, qué dirán, qué...

MARIQUILLA: ¡Qué envidia cochina! (Hace una pedorreta.)



(Los CURRRUTACOS rompen en exclamaciones y aplausos. Mientras MARIQUILLA examina encantada el producto de su atrevimiento, juguetea y baila con los encajes. CALATRAVA y el PRÍNCIPE también celebran con gestos la fortuna que ha tenido el lance.)



CALATRAVA: ¡Ya veréis, majestad, cuando sepa la modistilla que erais vos!

PRÍNCIPE: ¡Calatrava, por este ardid te daré una buena recompensa!

CALATRAVA: ¡Majestad, sólo aspiro a que me distingáis con vuestra consideración! ¡Todo lo más un marquesado o un ducado!

PRÍNCIPE: ¡Calla, majadero, y no seas pelota! (Le da una patada en el culo y salen.)

MARICASTAÑA: ¡No, si el príncipe también se las trae!

CURRUTACO 3: ¿Y qué pasó después, Maricastaña?



(De nuevo se ilumina la escena principal. Están otra vez las TRES HERMANAS cose que te cose, mirando de soslayo el reloj. Una suspira y la otra le contesta. Cuando se descubren mirando el reloj se hacen muecas y burlas. Son casi las doce.)



CLOTILDE: No sé por qué miráis tanto el reloj, cuando hoy me toca a mí regar la maceta. (Asiente con la cabeza MATILDE. MARIQUILLA no dice nada; simula canturrear.)



(Suenan las doce. MARIQUILLA se levanta de un salto y coge la regadera. CLOTILDE intenta quitársela. Se persiguen por la escena. En un momento dado, MARIQUILLA interpone entre ambas una silla, que hace caer a la mayor, en el preciso momento en que suena la voz del PRÍNCIPE.)


PRÍNCIPE:

Niña que riega las albahacas,

¿cuántas hojitas tiene la mata?



(MARIQUILLA, que está más cerca de la ventana, se asoma con su regadera.)



MARIQUILLA:

Caballero del alto plumero,

usted que sabrá de leer y escribir,

de sumar y de restar,

¿cuántas estrellitas tiene el cielo

y arenitas tiene el mar?



(Ya se mete MARIQUILLA para adentro, muerta de risa, cuando el PRÍNCIPE le replica.)



PRÍNCIPE:

¿Y el beso del encajero,

estuvo malo o estuvo bueno?



(MARIQUILLA queda petrificada. Fuera se oye la risa del PRÍNCIPE, secundada por CALATRAVA. Ambos se alejan.)



CLOTILDE Y MATILDE: ¡Mariquilla! ¿Te das cuenta?

MARIQUILLA: (Rabiosa.) ¡Ese príncipe encajero me las pagará, como Mariquilla que me llamo!

MARICASTAÑA: Desde aquel instante, Mariquilla no hizo más que pensar cómo sería su venganza. Pensó, pensó, pensó...

MARIQUILLA: ¡Ya lo tengo!

CLOTILDE Y MATILDE: ¡Uy, qué susto!

MARICASTAÑA: Y fue no salir más a la ventana. Eso para empezar.



(Entran otra vez el PRÍNCIPE y CALATRAVA. Dan las doce. El príncipe vuelve a cantar, pero nadie se asoma. Hasta tres veces. La paga con el escudero: le da pescozones y lo zamarrea.)



PRÍNCIPE: Por tu culpa, Calatrava. Todo lo he perdido por tu culpa. ¿A ver qué se te ocurre ahora?

CALATRAVA: Señor, señor, yo sólo quería serviros. Al fin y al cabo, no es más que una modistilla.

PRÍNCIPE: ¡Conque sí!, ¿eh? ¡Eso es todo lo que se te ocurre, marqués del peloteo, duque de los fracasos! Te hundiré en la miseria, ¿me oyes? ¡Como no me saques de ésta, te acordarás de mí!

CALATRAVA: ¡Piedad, señor, piedad! (Salen.)

MARICASTAÑA: Al pobre Calatrava no le quedó un hueso sano por aquellos días. Pero no fue el único que enfermó. Nuestro príncipe del alto plumero también empezó a malear, a malear... por lo triste que estaba, ya me entendéis. Allá en su palacio no hacía más que suspirar, y ni comía ni dormía... ¡Y unas ojeras!



(Los CURRUTACOS mientras escuchan, han empezado a cambiar una parte del escenario, que se convierte poco a poco en el interior del palacio real. En seguida aparecerá el PRÍNCIPE, recostado en un diván, pálido, con grandes ojeras, suspirando ostentosamente.)



MARICASTAÑA: Ni su padre, el rey, ni su madre, la reina, conseguían sacarlo de aquel estado de melancolía. ¡Ni un consomé con yema y vino de Málaga, que eso resucita a los muertos!¡Ni pechugas de pollo, ni chorizos asaos! ¡Ay, que me da algo! ¡Toíto lo bueno que hay en este mundo, na! ¡El tío gilipollas, allí espatarrao, dando suspiritos como una señorita de pan pringao. ¿He dicho “pan pringao”? ¡Ay que me da algo!

CURRUTACO 4: Venga, Maricastaña, que arrastras más hambre que el perro del afilaor, que por comer caliente ¡se comía las chispas! (Los demás CURRUTACOS ríen.)

MARICASTAÑA: ¡Eso, encima reírse de mí! ¿A qué no sigo contando el cuento? Entonces el rey, viendo que su niño no había quien lo curara, ni los médicos de la corte, ni las brujas de Rute, ni las tisanas del convento de Santa Eduvigis, decidió:

EL REY: ¡Un bando! ¡Inmediatamente! ¡Que venga el escribano mayor! ¡Esto lo arreglo yo como siempre! ¡Un bando! ¡Faltaría más! (Entra el ESCRIBANO mayor, con una enorme pluma de ave y un rollo de papel larguísimo.). El comienzo, como siempre. El final... algo menos que la última vez, que por poco me arruino.

ESCRIBANO: ¿Doscientos?

REY: Ciento noventa y nueve, que es una cifra más larga y luego se puede decir que nos hemos equivocado y que eran noventa y nueve... o nueve.

ESCRIBANO: ¡Sublime, majestad, sublime! Bien; “se hace saber”, etcétera... ¿Qué más?

REY: ¿Pues no lo ves? Que este niño está atontao, que ni come ni duerme ni na ni na...

ESCRIBANO: ¿Ni na ni na? ¿Así lo pongo?

REY: Hombre, un poco más bonito y... ¿Pero es que yo, el rey, tengo que redactar también un bando para ver quién cura a mi hijo? Entonces, ¿para qué tengo los escribanos? ¿Y los jefes de Negociado? ¿Y los asesores, eh, para qué tengo yo setecientos asesores?

ESCRIBANO: Descuide, majestad, quedará a pedir de boca. Si con este bando no se cura su hijo...

REY: ¡Qué!

ESCRIBANO: No, nada. Es que somos todos una pandilla de inútiles.

REY: ¡Ah, me creía!



(Aparece el HERALDO en otro rincón de la escena, en medio de grandes trompeterías, y canta el siguiente bando.)



HERALDO:

A to el que sepa escuchar

se hace saber ahora mismo:

que dice su majestad

que el príncipe, su heredero,

se encuentra requetemal,

y que todo aquel que pueda

se lo debe curar,

siendo así recompensado,

con algo más de un real.

Adviértase a curanderos

y médicos del lugar,

que ya muchos lo intentaron,

y no dieron con el mal;

que parecen calenturas

sin poderse remediar,

puesto que ningún termómetro

las puede termometrar;

que parece escalofrío,

fuera de oportunidad,

pues ni el calor le consuela

ni tampoco el suspirar.

Y andan todos preocupados:

¿Qué será, qué no será?

Lo dicho: a aquel que lo cure,

medio real... y acaso más.



(MARIQUILLA, que lo ha oído todo, como sus hermanas, se muestra súbitamente iluminada como por una gran idea.)



MARICASTAÑA: Mariquilla, a quien no se le había ido un detalle, tuvo la pajolera ocurrencia de hacerse pasar por un médico extranjero de mucha fama.



(En seguida los CURRUTACOS acuden adonde está MARIQUILLA y la ayudan a disfrazarse de médico, con gran escándalo de las hermanas mayores. Todo esto es a base de mímica exagerada.)



MARICASTAÑA: Y sin pensárselo dos veces, se echó a la calle y se puso a pasear por delante del palacio.



(En el interior del palacio, continúa el PRÍNCIPE postrado en melancolías, más el REY y la REINA con gesto de preocupación, y varios CABALLEROS PRINCIPALES. Entra CALATRAVA.)



CALATRAVA: ¡Majestad, majestad! ¡Que acaba de llegar al pueblo un médico extranjero famosísimo!

CABALLERO PRINCIPAL 1: ¡Ooooh! ¡Extranjero!

CABALLERO PRINCIPAL 2: ¡Mediquísimo!

CABALLERO PRINCIPAL 3: ¡Famosísimo, idiota!

REY: ¡Callaos, pandilla de inútiles! A ver, a ver, ¿dónde está ese extranjerísimo?

CALATRAVA: Casualmente, majestad, pasea en estos momentos arriba y abajo por delante de la puerta de palacio.

REINA: ¡Qué venturosa y maravillosa casualidad!

REY: ¡Eh! No sé, no sé… Cuando ésta se pone tan contenta…

REINA: No empieces con tus suspicacias, Ruperto.

CALATRAVA: Por probar nada se pierde, majestad.



(Los CABALLEROS PRINCIPALES murmuran con gestos de aprobación)



REY: Está bien. Que pase el … el ísimo.

MARIQUILLA: ¡Oh… mío caro signore! Io non voglio… dinero. (Despectivamente.) ¿Se dice así? ¡Io solamente voglio reputatione!

REY: ¿Qué dice? Sólo he entendido una palabra y no me gusta nada.

MARIQUILLA: Va bene, signore. Io poso curare al suo bambino, ma con una conditione.

REY: ¡Eh! ¿Qué dice este tío?

REINA: Esta muy claro, esposo mío. Si hubieras hecho por lo menos la EGB completa sabrías que este “doctore” fija una condición para curar a nuestro hijo.

REY: ¿Condición? Ni una peseta.

MARIQUILLA: ¡Oh… mío caro signore! Io non voglio… dinero. (Despectivamente.) ¿Se dice así? ¡Io solamente voglio reputatione!

REY: ¿Qué dice? Solamente he entendido una palabra y no me gusta nada.

REINA: Dice que el dinero es una vulgaridad, y que le basta con sentirse importante a nivel mundial. ¡Oh, qué doctor más simpático…! (Aparte) ¡Y qué belíssimo!

REY: Bueno, menos monsergas, y al grano. ¿Cuál es esa maldita condición?

MARIQUILLA: Io bisogno laborare tutti solo, perque la mía es una cura molto difficile e misteriosa. También es un poquito dolorosa. ¿Capisca?

TODOS (menos el REY): Sí, sí…

MARIQUILLA: E manque il príncipe donará molti gridi de dolore, nesuno podrá entrar en la habitatione, ¿capisca?

TODOS (menos el REY): Sí, sí, claro…

MARIQUILLA: Finalmente, io bisogno… ¿Cómo se dice? Prego… (Saca un diccionario y busca un momento.)

REY: ¡Es que con setecientos asesores nadie me va a explicar qué puñeta está diciendo este tío!

REINA: ¡No seas borrico, Ruperto! ¡Qué va a pensar de nosotros este… simpático “doctore”!

Dice, sencillamente, que no quiere que nadie lo moleste mientras trabaja, y que nadie entre en la habitación, aunque oigamos gritar al príncipe, porque se trata de una cura… un poquito dolorosa… Y ahora está buscando en el diccionario el nombre de algunas cosas que necesita, ¿capisca?



(El REY emite un gruñido.)



MARIQUILLA: Ya lo tengo: necesito un rábano y un martillo.

TODOS: ¡Quéeee!

REINA: Bien claro lo ha dicho: un rábano y un martillo. ¡Calatrava!



(Sale CALATRAVA corriendo y al momento vuelve con un rábano y un martillo sobre un cojín de raso encarnado.)



CALATRAVA: ¡Como éstos!

MARIQUILLA: Molte gratie… Y ahora, por favor…

REINA: Vamos, vamos, que el doctor necesita estar solo. Salgamos todos de aquí.



(Todos obedecen, aunque el REY lo hace de muy mala gana. MARIQUILLA se acerca al melancólico, le toma el pulso, le toca la frente.)



MARIQUILLA: Vamos, diga usted la verdad. Usted lo que tiene es mal de amores, ¿a qué sí? Usted está enamorado de alguna mocita.

PRÍNCIPE: (Emergiendo de profundos abismos.) Sí… sí… es verdad. ¡Esa puñetera niña me tiene malo!

MARIQUILLA: Pues eso sólo se cura metiéndole una cosa por… por la parte de atrás.

PRÍNCIPE: ¿Un supositorio?

MARIQUILLA: Un poquito más grande que un supositorio. A ver, dése usted la vuelta.



(Con grandísimos esfuerzos. El PRÍNCIPE se da la vuelta. MARIQUILLA coge el rábano y el martillo –de espaldas al público- y empieza su tarea. El PRÍNCIPE chilla como un cerdo, pero ella insiste y golpea una y otra vez.)



MARIQUILLA: ¡Ea, ya está! ¡Enterito!



(Y mientras el PRÍNCIPE berrea, MARIQUILLA se escapa por la ventana. Se oscurece la escena, en medio de alaridos del PRÍNCIPE.)



MARICASTAÑA: A los pocos días volvió a salir Mariquilla a regar las albahacas, cuando otra vez pasó el príncipe.



(De nuevo el interior de la casa de MARIQUILLA y la calle.)


PRÍNCIPE:

Niña que riega las albahacas,

¿cuántas hojitas tiene la mata?

MARIQUILLA:

Caballero del alto plumero,

usted que sabrá de leer y escribir,

de sumar y restar,

¿cuántas estrellitas tiene el cielo,

y arenitas tiene el mar?

PRÍNCIPE:

¿Y el beso del encajero,

estuvo malo o estuvo bueno?

MARIQUILLA:

¿Y el rábano por el culo,

estuvo blando o estuvo duro?



(MARIQUILLA se mete para adentro muerta de risa, dejando al PRÍNCIPE turbado y lleno de rencor, que paga, como siempre, dándole puntapiés y pescozones a CALATRAVA. Ríen y alborotan también los CURRUTACOS mientras cae el telón.)



ACTO SEGUNDO



(MARICASTAÑA y los CURRUTACOS celebran todavía el lance anterior.)



MARICASTAÑA: ¡Como que esta Mariquilla es un demonio! ¿Por dónde iba?

CURRUTACOS: Por el cabreo que pilló el príncipe cuando supo quién le había puesto el… supositorio. (Todos ríen.)

MARICASTAÑA: ¡Ah, sí! Y no sólo eso. ¡Sino que juró vengarse!

CURRUTACOS: ¿Síiii?

MARICASTAÑA: Ya lo creo. El “bambino” se puso, ¿cómo diría yo?

CURRUTACOS: Malito.

MARICASTAÑA: ¡Ya lo estaba y recayó! Tanto que el rey tuvo que tomar cartas en el asunto. Por aquel entonces ya había vuelto de su viaje el padre de las tres mocitas…



(Se ilumina la escena y aparecen de nuevo las TRES HERMANAS, haciendo extremos de alegría hacia su PADRE, recién llegado.)



PADRE: Supongo que habréis cumplido mis órdenes, ¿verdad?

MARIQUILLA: Sí, padre, al pie de la letra.

PADRE: … ¿Verdad, Clotilde? (CLOTILDE hace un gesto que no significa nada.)¿Verdad, Matilde? (MATILDE repite el gesto exactamente igual.) ¡Uy, uy, uy…! Algo ha pasado aquí.

MARIQUILLA: Nada absolutamente, amado padre. Todo como tú lo ordenaste. ¡Mira la mata de albahaca qué hermosa está!



(Entra por la calle CALATRAVA, muy sofocado. Se dirige a la casa, y llama a la puerta. Abre el PADRE.)



CALATRAVA: Señor, ¿es usted el padre de las tres mocitas que riegan la albahaca?

PADRE: Sí, señor.

CALATRAVA: Pues prepárese.

PADRE: ¿Prepararme, para qué?

CALATRAVA: Para todo.

PADRE: ¿Cómo?

CALATRAVA: De parte del rey, que vaya usted ahora mismito, que se va a enterar.



(CALATRAVA no dice ni media palabra más, pero en la gesticulación se le conocen muchas cosas. Se va.)



PADRE: ¡Eh, oiga…! (Se vuelve hacia sus hijas.) ¿Sabéis vosotras algo de esto? (MATILDE y CLOTILDE se echan a llorar directamente. MARIQUILLA no sabe qué cara poner.) Mariquilla, esto es cosa tuya ¡Como si lo viera! ¡Ahora mismo me cuentas lo que ha pasado aquí en mi ausencia!

MARIQUILLA: No, nada. Bueno… casi nada. Una broma…

PADRE: ¿Una broma? ¿Con quién?

CLOTILDE: ¡Nada menos que con el hijo del rey!

MATILDE: ¡Con el hijo del rey nada menos! (Ambas siguen llorando.)

PADRE: ¿Y qué clase de broma has tenido tú con el hijo del rey?



(El PADRE ya se está preparando para salir.)



MARIQUILLA: Psss, una tontería. Una broma más bien… poética…

PADRE: (Desde la puerta.) ¿Cómo dices?

MARIQUILLA: Anda, date prisa, que el rey te está esperando. Te lo termino de explicar desde la ventana. (Casi lo empuja y le cierra la puerta. Va a la ventana. Desde allí sigue hablando.) ¡Total, que había que ponerle un supositorio al príncipe, y yo me equivoqué!

PADRE: ¿Cómo dices? (Yéndose muy apremiado.) ¡Mariquilla, Mariquilla, no quiero ni enterarme de lo que has hecho! ¡Ay, Dios una broma! ¡Con el príncipe, y un supositorio! ¡No quiero enterarme, no quiero enterarme! (Sale.)



(Los CURRUTACOS ayudan a cambiar el escenario, por el interior del palacio del rey. Está el REY, sentado en su trono, la REINA a un lado. El ESCRIBANO y VARIOS CABALLEROS principales. Caras de circunstancias. Entra CALATRAVA, acompañando al PADRE, visiblemente preocupado y haciendo grandes reverencias, a imitación de las que prodiga CALATRAVA.)



CALATRAVA: Señor, he aquí al padre de las tres mocitas que riegan la albahaca. Raudo y veloz he cumplido vuestros…

REY: Calla, majadero. Que se acerque.

PADRE: Majestad, soy vuestro más humilde servidor.

REY: Conque sí, ¿eh? Bueno, pues mañana vuelves a la misma hora. Pero pon mucho cuidado, que tienes que presentarte vestido y desnudo. Y si no lo haces así, te castigaré a ti y a tus hijas. Sobre todo a la más pequeña, que acaso no la vuelvas a ver.

CURRUTACOS:

¡¡¡Cóoomo!!!

¡Habráse visto en el mundo,

un abuso como éste!

¡No hay derecho! ¿Verdad usted?

¡Esto es peor que la peste!

¡Vestido y desnudo! ¿Eso puede ser?



(Mientras cantan la cancioncilla, dan tiempo a que el PADRE regrese, muy entristecido, a su casa. Cuenta lo ocurrido a sus hijas, mediante gestos. Las dos mayores prorrumpen en incontenible llanto. MARIQUILLA piensa.)



MARIQUILLA: ¡Ya lo tengo! Le haremos a papá un medio pantalón y una media chaqueta. De esa manera acudirá mañana vestido y desnudo.

MARICASTAÑA: ¡Dicho y hecho! Las tres hermanas se pusieron a coser como tres fieras, cose que te cose, cose que te cose, y en un periquete…



(Se ha visto a las TRES HERMANAS cosiendo con furor. Se incorporan y le hacen unas pruebas al PADRE de semejante indumentaria, mientras cantan la misma cancioncilla anterior.

En un instante volvemos a estar en la corte. Entra de nuevo CALATRAVA.)



CALATRAVA: Majestad…ejem…

REY: ¿Qué pasa?

CALATRAVA: el padre de las mocitas.

REY: ¡Eh! ¿Ya es la hora?

REINA: ¿Y como viene?

CALATRAVA: Pues… como su majestad le ordenó.

REY: (Cantando.) ¿Vestido y desnudo?

REINA: ¡Eso no puede ser!

REY: ¡Que lo traigan al punto!

REINA: ¡No lo quiero ni ver!



(Entra el PADRE de las mocitas, con media chaqueta y medio pantalón. Todos, menos el REY y la REINA, se echan a reír. Cuando advierten que sus majestades no ríen, callan bruscamente, menos CALATRAVA, que continúa riéndose solo. El REY baja de su trono y le da un puntapié mayúsculo, al tiempo que hablan los CORTESANOS.)

CORTESANOS: ¡Calla majadero!

REY: Está bien. Veo que has cumplido fielmente lo que te mandé. Pero, dime, ¿quién te ha ayudado?

PADRE: Una hija que tengo la mar de lista.

REINA: Ya me lo imaginaba yo.

REY: ¿Por qué tienes que interrumpir mi pensamiento? ¡Es lo que yo iba a decir!

REINA: Perdona, querido, pero… ¡cómo estamos tan compenetrados!

REY: Vale, vale. Y tú (al padre), mañana, a la misma hora, te vuelves a presentar. Pero pon mucha atención, esta vez ha de ser montado y a pie.

CURRUTACOS:

¿Montado y a pie?

¡Valiente descaro!

¡Abuso de poder!

¡Pueblo, a las barricadas!

¡Qué mandato tan cruel!



(El PADRE ha contado lo ocurrido con mímica a sus hijas. Al terminar las dos mayores se echa a llorar de nuevo como unas magdalenas. MARIQUILLA piensa.)



MARIQUILLA: No lloréis, so tontas. Que la cosa tiene fácil arreglo.

CLOTILDE: No tenemos salvación.

MATILDE: Salvación no tenemos.

PADRE: ¿Qué has pensado, Mariquilla?

MARIQUILLA: Una cabra.

PADRE, HERMANAS Y CURRUTACOS: ¡¡¡Una cabra!!!



(En un instante volvemos a estar en la corte. Entra de nuevo CALATRAVA.)



CALATRAVA: Ejem, señor, que diga, majestad…esto…

REINA: ¡Habla estúpido!

REY: ¿Otra vez?

REINA: Perdona, querido... como estamos compenetrados…

REY: Suelta ya, Calatrava, ¿qué pasa?

CALATRAVA: El padre de las mocitas… que… que ya está ahí.

REY: ¡A ver, que pase ese hombre!



(Entra el PADRE montado en una cabra. Mejor dicho, lleva una pierna encima del animal, y la otra andando por el suelo. Se hace un silencio enorme. Pero de pronto el REY y la REINA se echan a reír. Cuando los CORTESANOS se percatan, se echan a reír también forzadamente. Tan sólo CALATRAVA no se ha dado cuenta, pues anda detrás del hombre, inspeccionando muy de cerca esos andares. El REY se baja de su trono y le da un puntapié.)



REY: Está bien, hombre, está bien. Ya has superado la segunda prueba.

REINA: ¡Pero te queda la tercera!

REY: ¡Te quieres callar, que parece que tengo la boca a dos metros de mi cabeza!

REINA: ¡Qué horror!

REY: Pero antes, dime ¿de quién ha sido la idea?

PADRE: De mi hija Mariquilla.

CORTESANOS: ¡Que es muy lista la chiquilla!



REY: ¡Silencio!

CALATRAVA: ¡Silencio, majaderos!

REY: ¡Ya me lo imaginaba yo! Pues mañana te presentas con tus tres mocitas preñadas.

CURRUTACOS: ¡Qué barbaridad!

REY: Y si no lo haces así, te castigaré a ti y a tus hijas. Sobre todo a la más pequeña, que acaso no la vuelvas a ver.

CURRUTACOS:

¡Esto es el colmo, señor!

¡Preñaditas tres doncellas!

¡Se atenta contra el honor!

¡Hay que ver, qué mala estrella!



(En la casa de las mocitas otra vez, tras la explicación mímica del hombre, mientras cantaban los CURRUTACOS. Las dos mayores se echan a llorar más que nunca.)



CLOTILDE: ¡No tenemos escapatoria!

MATILDE: ¿Palmatoria no tenemos?

CLOTILDE: ¡Escapatoria, idiota!



(CLOTILDE llora aún más.)



MARIQUILLA: ¡Pero bueno! ¡Si ésta se la prueba más fácil de todas! ¡Lo uniquito que tenemos que hacer es amarrarnos un cojín debajo del vestido! ¡Y a ver quién se atreve a tocarnos! ¡Ni el mismo rey!

CURRUTACOS: ¡Bien dicho, Mariquilla! ¡Bravo, bravo!



(Otra vez en el palacio. Los CORTESANOS miran todos atentamente su reloj. Van levantando uno a uno la mano, como para marcar la hora en el momento justo. Cuando ya parece que va a ser, se asoma CALATRAVA.)



CALATRAVA: ¡La hora!



(Los CORTESANOS, contrariados, salen en su persecución, dando vueltas alrededor del trono.)

REY: ¡Basta ya! ¡Atajo de imbéciles!

REINA: Eso, eso. Lo mismito que yo iba a decir.

REY: ¡Pues te fastidias!

REINA: Ea.



(No ha terminado el barullo, cuando dan las campanadas y entran las TRES HERMANAS, por orden de edad, con una buena barriga postiza cada una. Cantan.)



TRES HERMANAS:

Somos las tres preñaditas,

Hasta ayer simples doncellas.

Por un capricho del rey,

henos aquí bien dispuestas

a complacer sus deseos;

pues no hay cosa que no pueda

su serena majestad.

Ni novios, ni tan siquiera

un pretendiente tuvimos,

y sin embargo, ¡sorpresa!

¡Bien a la vista que está!



(Toda la corte ha quedado muda. MARIQUILLA se adelanta.)



MARIQUILLA: ¿Estamos bien así, majestad?

REY: ¡Oh, sí, desde luego que sí! Me doy por vencido. Y ahora, como habéis ganado, pedidme lo que queráis. A ver la mayor, ¿qué quieres?



(CLOTILDE se lo piensa un poco.)



CLOTILDE: Yo, yo… yo quiero ¡una manzana!

REY: No es mucho. Pero si ése es tu deseo… A ver, la de en medio, ¿qué quieres?

MATILDE: (Piensa con grandes esfuerzos.) Yo…yo… ¡una pera!

REY: Poca cosa es. Pero, en fin, si ése es tu deseo ahora… A ver ahora, a ver ahora…

MARIQUILLA: Y si lo que pido no puede usted dármelo, ¿qué pasa?

CORTESANOS: ¡Imposible, imposible, qué tontería…!

REY: Pues te daría cualquier otra cosa.

MARIQUILLA: Por ejemplo… ¿la mano del príncipe?



(Conmoción en las filas de los CORTESANOS.)



REINA: ¡Ni hablar, qué desvergonzada! ¡Ya me lo estaba yo temiendo! ¡Mi hijo, el heredero, el príncipe del alto plumero, el mejor de todos los caballeros! ¿Con una modistilla? ¡No quiero!

REY: ¿Quieres callarte de una vez, so cotorra? Está bien Mariquilla. Trato hecho. Si no puedo concederte lo primero, te concederé la mano de mi hijo. A ver, ¿qué es lo primero?

MARIQUILLA: ¡Nieve asada!



(Asombro y desconcierto entre los CORTESANOS, el REY y la REINA. Sólo CALATRAVA parece divertido. Los CURRUTACOS también.)



CURRUTACOS:

¿Oíste, Maricastaña?

¡Ha dicho nieve asada!

¡Boda tenemos probada,

pues no hay eso en toda España!

MARICASTAÑA:

Boda de mucho postín,

Maricastaña, tendremos,

y un suculento festín,

¡ay, se me aflojan los remos!



(Mientras se ha cantado esto, en la corte se organiza un gran despliegue de lacayos y cocineros, yendo y viniendo con toda clase de cacharros y artilugios para intentar obtener nieve asada. Pero todo resulta inútil.)



REY: ¡Me rindo! ¡Setecientos asesores y ninguno sabe cómo se consigue nieve asada! ¡Me rindo!

MARIQUILLA: ¿Lo ve usted, majestad? Pues igual de difícil es que tres doncellas se queden preñadas.



(Acto seguido se quita el cojín, y lo mismo hacen sus hermanas, en medio del asombro general.)



REY: Está bien mujer. Ya no tengo más remedio que casarte con el príncipe, ¡porque palabra de rey es palabra de ley!

CALATRAVA: ¡Así se habla, jefe!



(REINA lloriqueando. Se va hacia CALATRAVA y le pega un puntapié.)



CORTESANOS: ¡Calla, majadero!

MARICASTAÑA: Bueno, pues se casaron, y comieron…

CURRUTACOS: Total, colorín colorao…

MARICASTAÑA: ¿Quién ha dicho eso?

CURRUTACOS: ¡Pero es que no se ha acabao!

MARICASTAÑA: ¿He dicho yo algo que pueda hacer pensar en semejante cosa? ¿He dicho yo algo de perdices, ni de pimientos, ni de nada de nada?

CURRUTACOS: Entonces, ¿qué pasó? ¡Has dicho que se casaron!

MARICASTAÑA: Sí, boda hubo.

CURRUTACOS: ¡Y banquete!

MARICASTAÑA: ¿Queréis saber de verdad lo que pasó?

CURRUTACOS: ¡Claro, que sí, Maricastaña! ¡Por favor…!

MARICASTAÑA: Veréis: el príncipe estaba tan endemoniao por lo del supositorio, y el rey y la reina tan poco conformes con que su “bambino” se hubiera casado con una simple modistilla, que… ¿a que no sabéis lo que tramaron?

CURRUTACOS: no, no…

MARICASTAÑA: ¡Liquidar a Mariquilla la misma noche de bodas!

CURRUTACOS: ¡No! ¡No es posible!

MARICASTAÑA: ¡Y tanto que sí! Pero Mariquilla que no tenía ni un pelo de tonta, y se temía lo peor, dijo que primero se iba a acostar ella.

(Empieza a verse a MARIQUILLA junto a la silueta de la cama, y todo lo demás que sigue en sombras también.)

Entonces puso en la cama una muñeca muy parecida a ella, llena de licor, y con una cuerdecita en la cabeza. Luego se metió debajo de la cama, agarrando la cuerda por la otra punta. Al poco tiempo, llegó el príncipe.





PRÍNCIPE: ¿Te acuerdas, Mariquilla, cuando para burlarte de mí me preguntaste que cuántas estrellitas tiene el cielo y arenitas tiene el mar?

MARICASTAÑA: Ella entonces tiró de la cuerda y la cabeza de la muñeca dijo que sí.

PRÍNCIPE: ¿Y te acuerdas cuando para burlarte de mí, te disfrazaste de médico y me metiste un rábano por el culo?

MARICASTAÑA: Otra vez la muñeca decía que sí… Entonces el príncipe se sacó un puñal muy grande, muy grande, y se lo clavó a la muñeca. Claro, salió un chorro de licor y le dio al príncipe en la boca.

PRÍNCIPE: ¡Ay, Mariquilla, qué dulce tienes la muerte y qué agria la vida!

MARIQUILLA: (Saliendo de debajo de la cama.) ¡Pues mierda pa ti! ¡Que estoy vivita y coleando y que ya me voy de aquí!

MARICASTAÑA: ¡Y salió corriendo, corriendo para su casa y… todavía no ha vuelto! Y ¡colorín colorao este cuento se ha acabao!



(Los CURRUTACOS se incorporan alborozados, y vuelven a cantar los estribillos del principio, mientras cae el



TELÓN)