Enormísimos cronopios: Rafael Pérez Estrada y Julio Cortázar

El ángel herido, de Hugo Simberg


I

Los ángeles bajaron al arroyo a bañarse. Así que el sol se puso, alzaron el vuelo hacia el infinito.

Los niños al mirarlos decían: vencejos.

Sólo uno (de los ángeles) no pudo unirse al grupo, el peso de las alas húmedas por el agua le impidió remontarse, lo intentó tantas veces que al fin quedó asustado, tembloroso y oculto entre los juncos.

A la mañana, un perro perdiguero lo descubrió a ladridos.

Desde un monte, los niños, a pedradas, remataban al ángel.

Obeliscos angélicos, Rafael Pérez Estrada


II


Mueren los ángeles en el espacio que media entre el pelotón y el ejecutado.

Ángeles de la desesperación y el abandono, de Rafael Pérez Estrada

III


Sor Martina Alsaciana de Jesús del Oratorio de la Fe de Milán, la mañana del 17 de abril de 1816 fue sorprendida guardando un beso en su devocionario.


Amatorias, de Rafael Pérez Estrada

IV


Hay una luz para la vida y una estrella para la muerte. Los astros marcan —y él lo sabe— el punto y final de la aventura amorosa del Unicornio. Surge esta estrella en las noches que preceden al invierno, y sólo quienes han merecido ser bordados en tapices y reposteros, o aquellos que hacen guardia a orillas de escudos y blasones, pueden soportar la tristeza y se salvan. Mas cuantos hicieron de su vida una gesta amorosa, perecerán sin duda. Y la niña, que aún distraída escuchaba esta leyenda, comentó emocionada: «Yo prefiero a estos últimos».


Pasión y muerte del Unicornio, Rafael Pérez Estrada


V


Hay un ángel, infantil y delicado, maternal y tierno como un cachorro tibio, cuya misión es consolar al unicornio en el instante último.


Dice Doménico Sordi que la muerte le llega pudorosamente y en el momento en que una nube cubre su soledad y desconsuelo. El Unicornio muere como un amante joven, como un muchacho con una cita urgente con la vida.


Pasión y muerte del Unicornio, de Rafael Pérez Estrada

VI


Se jugó el sol a la ruleta,
el cansancio, a la esgrima,
la nostalgia, a los dados,
la tristeza, a los naipes,
y robó la transparente timidez
del rocío.
Cambió su sombra en fichas,
y perdió la mañana.


El jugador, de Rafael Pérez Estrada

VII


De niña, sostuvo la agonía de un pájaro en su mano. Muerta el ave, en los dedos siguió sintiendo el corazón del animal en el alado unirse con la nada.


Algunas tardes, en las luces más tenues de la ancianidad (aquellas que ni siquiera trazan sombras), abría las ventanas esperando un vuelo inalcanzable.


Cosmología esencial, de Rafael Pérez Estrada



VIII


Contra toda costumbre
una nube ocupa el salón principal.
De repente, al abrir la ventana
vino envuelta en la luz
como llegan las prisas.
La creímos una nube extranjera
venida de un lejano
país beligerante.
No molesta,
y siempre está nublando
el techo de la sala
(un detalle exquisito).
Es elegante y leve,
casi azúcar de feria,
y parece feliz
aunque algunos domingos
llueva desconsolada.


La nube, de Rafael Pérez Estrada

IX


En un pequeño cementerio de tristeza y abandono, descubrí, entre tumbas inmemoriales, una estatua de sal. La mujer en ella representada tenía un rictus de sorpresa y espanto. Su movimiento semejaba el inicio de una huida. Nadie —me dijeron— se ocupa de ella. Nadie la visita, ni le trae flores, ni le rinde el culto debido a los muertos. Sólo cuando el cielo se cubre, y la oscuridad anuncia lluvia, desciende un ángel y con un paraguas la protege. De este modo su presencia de mujer maldita no se disolverá ni en el agua ni en el olvido.


Los lugares del sueño, de Rafael Pérez Estrada

X


Se agotaron las lágrimas,
y los prestamistas, los que conocen el valor de las lágrimas, no daban abasto.
A veces se hizo necesario compartirlas como se comparten el pan y la tristeza.
Y en los desagües, el dolor se atascó de pronto.


El grito, de Rafael Pérez Estrada

XI


Habían olvidado el sabor del beso,
el ritual instintivo del beso,
la sustancia del beso.
La proximidad estaba en la desmemoria.
Al anochecer, una muchacha encendida dijo: Contadme el argumento del beso, ¿cómo termina el beso?, ¿acaba el beso con un beso?
Y en otoño, las hojas al caer, eran como labios tristísimos.


El grito, de Rafael Pérez Estrada

XII


Incluso los dichosos adquirieron la costumbre de pintarse ojeras, de cubrir sus hombros de ceniza, y de olvidar el oficio vital de la alegría.


El grito, de Rafael Pérez Estrada

XIII


Alguien ha dejado abierta una puerta en mi interior. La lluvia cae fatalmente, y crecen inesperados los hongos de la melancolía.


De madrugada les ponían a los enfermos en los pies bolsas de agua caliente, sólo con el poeta hacían una excepción, una joven y amorosa enfermera le colocaba libros junto a sus pies, hermosos libros de poemas encuadernados en azul atardecer o en seda crujiente como el viento, y el poeta lloraba agradecido. Nada da tanto calor como las palabras, ni siquiera los cuerpos las igualan.


Diario de un tiempo difícil, de Rafael Pérez Estrada


XIV


Los perros azules,
los terribles perros de los amaneceres,
los inmediatos mensajeros de la rabia.


Diario de un tiempo difícil, de Rafael Pérez Estrada

XV


Una tarde de densa melancolía, tomándome del brazo me dijo confidente: Sólo tengo un deseo, levitar; si lo consigo, lo demás se me dará por añadidura. Y, aprovechando la ocasión que me brindaban sus confidencias, me atreví a estrecharla a preguntas: ¿Y para qué levitar? Le grité varias veces. Y ella, con lágrimas en los ojos y un denso olor a jacinto en el cuerpo, me contestó asustada: Para llover luego. Entonces supe que nuestro amor sería imposible, pues su ilusión verdadera era ser nube.


Confidencias y melancolía, de Rafael Pérez Estrada

XVI


FLOR Y CRONOPIO


Un cronopio encuentra una flor solitaria en medio de los campos. Primero la va a arrancar, pero piensa que es una crueldad inútil y se pone de rodillas a su lado y juega alegremente con la flor, a saber: le acaricia los pétalos, la sopla para que baile, zumba como una abeja, huele su perfume, y finalmente se acuesta debajo de la flor y se duerme envuelto en una gran paz.


La flor piensa: «Es como una flor».


Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar

XVII


TORTUGAS Y CRONOPIOS


Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural.


Las esperanzas lo saben, y no se preocupan.


Los famas lo saben, y se burlan.


Los cronopios lo saben, y cada vez que encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.


Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar

XVIII


HAGA COMO SI ESTUVIERA EN SU CASA


Una esperanza se hizo una casa y le puso una baldosa que decía: Bienvenidos los que llegan a este hogar.


Un fama se hizo una casa y no le puso mayormente baldosas.


Un cronopio se hizo una casa y siguiendo la costumbre puso en el porche diversas baldosas que compró e hizo fabricar. Las baldosas estaban colocadas de manera que se las pudiera leer en orden. La primera decía: Bienvenidos los que llegan a este hogar. La segunda decía: La casa es chica, pero el corazón es grande. La tercera decía: La presencia del huésped es suave como el césped. La cuarta decía: Somos pobres de verdad, pero no de voluntad. La quinta decía: Este cartel anula todos los anteriores. Rajá, perro.


Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar

XIX


EDUCACIÓN DE PRÍNCIPE


Los cronopios no tienen casi nunca hijos, pero si los tienen, pierden la cabeza y ocurren cosas extraordinarias. Por ejemplo, un cronopio tiene un hijo, y en seguida lo invade la maravilla y está seguro de que su hijo es el pararrayos de la hermosura y que por sus venas corre la química completa con aquí y allá islas llenas de bellas artes y poesía y urbanismo. Entonces este cronopio no puede ver a su hijo sin inclinarse profundamente ante él y decirle palabras de respetuoso homenaje.


El hijo, como es natural, lo odia minuciosamente. Cuando entra en la edad escolar, su padre lo inscribe en primero inferior y el niño está contento entre otros pequeños cronopios, famas y esperanzas. Pero se va desmejorando a medida que se acerca el mediodía, porque sabe que a la salida lo estará esperando su padre, quién al verlo levantará las manos y dirá diversas cosas, a saber:


—Buenas salenas cronopio cronopio, el más bueno y más crecido y más arrebolado, el más prolijo y más respetuoso y más aplicado de los hijos!


Con lo cual los famas y las esperanzas júnior se retuercen de la risa en el cordón de la vereda, y el pequeño cronopio odia empecinadamente a su padre y acabará por hacerle una mala jugada entre la primera comunión y el servicio militar. Pero los cronopios no sufren demasiado con eso, porque también ellos odiaban a sus padres, y hasta parecería que ese odio es otro nombre de la libertad o del vasto mundo.


Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar

XX


HISTORIA


Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de la calle en la mesa de la luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta.


Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar

XXI


CAMELLO DECLARADO INDESEABLE


Aceptan todas las solicitudes de paso de frontera, pero Guk, camello, inesperadamente declarado indeseable. Acude Guk a la central de policía donde le dicen que nada que hacer, vuélvete al oasis, declarado indeseable inútil tramitar solicitud. Tristeza de Guk, retorno a las tierras de infancia. Y los camellos de familia, y los amigos, rodeándolo y qué te pasa, y no es posible, por qué precisamente tú. Entonces una delegación al Ministerio de Tránsito a apelar por Guk, con escándalo de funcionarios de carrera; esto no se ha visto jamás, ustedes se vuelven inmediatamente al oasis, se hará un sumario.


Guk en el oasis come pasto un día, pasto otro día. Todos los camellos han pasado la frontera, Guk sigue esperando. Así se va el verano, el otoño. Luego Guk de vuelta a la ciudad, parado en una plaza vacía. Muy fotografiado por turistas, contestando reportajes. Vago prestigio de Guk en la plaza. Aprovechando busca salir, en la puerta todo cambia: declarado indeseable. Guk baja la cabeza, busca los ralos pastitos de la plaza. Un día lo llaman por el altavoz y entra feliz en la central. Allí es declarado indeseable. Guk vuelve al oasis y se acuesta. Come un poco de pasto, y después apoya el hocico en la arena. Va cerrando los ojos mientras se pone el sol. De su nariz brota una burbuja que dura un segundo más que él.


Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar


XXII


APLASTAMIENTO DE LAS GOTAS


Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, y va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.


Pero las hay que se suicidan y se entregan en seguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernecitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós, gotas. Adiós.


Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar

XXIII


INSTRUCCIONES PARA LLORAR


Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.


Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.


Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar


  • PÉREZ ESTRADA, Rafael: Un plural infinito. Antología poética, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2011.
  • CORTÁZAR, Julio: Historias de cronopios y de famas, Madrid, Santillana, 2007.